31/10/18

Ella siempre toca el piano a las cinco de la tarde, llenando la casa de música. Sus delgados dedos acarician las teclas, y la suave e incesante melodía sigue sonando desde que le preparé el último té, que hizo de su cuerpo una fusión entre la eternidad y el piano. Quedando para siempre allí sentada.

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31/10/18

Sentí agitación en la cama, un revolverse de las sábanas con cierta violencia en la habitación de al lado. Su voz ahogada comenzó a sonar; un susurro cada vez más débil intentando vocalizar “mamá”. Encendí su luz. Las sábanas se movían débiles allí donde estuvo hasta que, por recordarme a su padre, le ahogué.

31/10/18

Ambos tenían una copia de la llave y cerraron el aula a sus espaldas. Por las amplias ventanas, la leve luz del atardecer, mostraba los contornos de las largas mesas. De la última, retiraron todas las sillas hacia un lado.

Se puso mirando hacia la pizarra blanca, donde una hora antes había estado explicando un profesor. Él se acercó por su espalda, separó el cuello del jersey y comenzó a besar y mordisquear la suave piel femínea. Ella puso sus manos hacia atrás buscando sentir el incremento del calor. Él le bajó el pantalón y deslizó su mano hacia la creciente humedad. Acariciaba el pliegue del placer femenino y después hundía sus dedos en ella. Con su otra mano se bajó sus pantalones y ropa interior. La apartó despacio de la mesa, y le hizo apoyar los brazos en ella.

Separando la escasa tela del tanga, fue introduciendo su terso miembro hasta hacer tope. Acarició los pechos por debajo de la camiseta. Debía ser sigilosos, nadie sabía que estaban allí.

Él salió despacio, muy despacio y volvió a entrar. De forma deliciosamente pausada. Sin prisa pero sin cesar. Trataban de ahogar sus susurros. Ambos cuerpos estaban pegados compartiendo el placer. El momento estaba llegando. Ella sacó de su bolso un paquete de pañuelos, y él aumentó un poco la intensidad de sus movimientos, hasta que ambos contuvieron sus voces. Él se había vertido dentro de ella. Bebieron un poco de agua, y ella recogió con el pañuelo el efluvio masculino que se escurría por sus muslos. Se recompusieron y se marcharon del aula.

La caída o el hundimiento

Temblaba el suelo a su paso. La coordinadora tamaño king size paseaba entre los islotes de puestos escudriñando a los teleoperadores. Su mirada desalmada pretendía infundir terror y sin embargo sólo mostraba aires de superioridad sin fundamentos. Hizo una segunda y una tercera ronda generando temblores en las mesas. En el último giro, chocó con una esquina redondeada de uno de los puestos. Molesta por el choque, gimió cual Godzilla retirándose a su trono.

Las llamadas continuaban y los trabajadores no paraban de tramitar averías, altas, bajas, subrogaciones, consultas… Alguno estaba apunto de desgañitarse en medio de la algarabía.

Los minutos seguían sucediéndose en los relojes.

Desde su trono, de vez en cuando, alzaba su cabeza oteando para comprobar si podía hacer acto de presencia en algún puesto mostrando su habitual chulería.

Cansada de no poder mostrar su posición dominante se levantó, tratando sin éxito, pasar correctamente entre los puestos. El suelo vibraba sin ser un terremoto.

Miró a su al rededor fingiendo una sonrisa mientras decía que era viernes. Los teleoperadores seguían con su labor.

El tiempo continuó trascurriendo imparable, y algunos trabajadores fueron marchándose al acabar su jornada.

La coordinadora pasó por entre varios islotes de puestos enredándose con unos cables. El suelo sufrió el impacto de tan gran coordinadora, crujiendo alguna baldosa; el resto tembló a su al rededor. El terremoto expandió su ola llegando hasta ambos extremos del call center. Los trabajadores miraron asustados, y cuando localizaron el foco del temblor nadie se preocupó. Desde los puestos altos la caída es más fuerte.

La grandiosa coordinadora no conseguía levantarse. No merecía ayuda alguna.

La gente se fue marchando, hasta quedar sola en el suelo como un tronco derribado. Sólo se levantaría sola si perdía aquello que le sobraba.

El placer del call center

A medida que pasaban los minutos, el call center iba vaciándose. El volumen de llamadas también descendía, como todas las tardes. Pero aún quedaban varias tareas pendientes de realizar.

La tarde avanzó lentamente hasta el punto en el que quedaban dos personas. Nadie más les acompañaba. Se miraron sonriendo.

En una de las mesas de los coordinadores había un taco de hojas para enviar por fax o por correo. Ambos se acercaron a por el taco de hojas y fueron separando por el método de envío. Él le pasaba las hojas mientras ella las mandaba en el fax. Poco a poco fueron desapareciendo de las manos masculinas, mientras los cuerpos se iban juntando un poco más.

La última hoja hizo acto de presencia, tras pasar por el fax fue depositada en la mesa. Ambos se miraron sonriendo. Miraron la sala, los puestos de trabajo se situaba en islotes de a cuatro. Él suavemente la empujó hacia uno de los islotes de puestos, apartó la silla y le dio la vuelta para verla cara a cara. Acercó sus labios a los de ella mientras posaba sus manos en el pantalón. Mientras bajaba la cremallera del ajustado vaquero; su lengua jugaba en la femenina boca. Sus masculinos dedos se deslizaron bajo las bragas de encaje. Acarició los labios y el clítoris, notando la creciente humedad. La temperatura iba en aumento.

Le bajó raudo los pantalones y las bragas. Mientras se iba agachando, sus manos palpaban los tersos muslos de su compañera. Una vez abajo, le quitó los zapatos y la ropa. Se levantó cogiéndola en volandas y la sentó en el hueco de la mesa. Echaron para atrás el teléfono. Él la abrió de piernas y cogiendo la silla se sentó mientras bajaba su altura. Cuando la puso a la adecuada, comenzó a lamer despacio los labios carnosos de la sonrosada natura. Primero el de un lado; por dentro y por fuera, varias veces. Después el del otro lado. Varias veces con el anverso y el reverso de la lengua de arriba a bajo. Mordisqueó leve el pequeño clítoris. Sus masculinos labios atrapaban la femínea porción carnosa del placer a la par que lo succionaba. Lo soltó para notar en su lengua el nivel de humedad. Rozó leve la entrada, y ella sus piró con profundidad. Introdujo la punta de la lengua en la caliente vagina mientras temblaban las piernas de la propietaria. La terminó de introducir sintiendo el sabor salado de los jugos femeninos. Fue sacando y metiendo la lengua mientras los gemidos iban en aumento.

De pronto la sacó y con rapidez comenzó a lamer el creciente y palpitante clítoris a la par que uno de sus dedos jugaba en la cálida vagina. Los gemidos iban en aumento, su espalda se arqueaba a la par que los muslos iban tensándose. La respiración se agitaba cada vez más. Él aumentó un poco más el ritmo de su lengua, hasta que un gemido profundo emergió de la garganta femenina. Se miraron sonrientes.

Ella se incorporó mientras observaba la entrepierna tersa y orgullosa que se escondía tras la ropa. Con sus rodillas empujó leve el cuerpo de él hacia atrás, separándolo de la mesa. Bajó mordiendo la cremallera; con las manos apartó la ropa interior. Ahí se alzaba, duro, sonrosado, grande. Ocupaba toda su boca. Lo introducía y lo sacaba, lo lamía y lo succionaba. Ahora le tocaba a él. Con intensidad lo devoraba cual león con su presa; pero él la apartó y con un gemido quejumbroso dijo ¡No! ¿Qué querrá hacer? Se preguntó ella mientras le miraba. Él le sonrió con picardía. Se subió los calzoncillos y el pantalón mientras se dirigía a la mesa de las coordinadoras.

Apartó un poco uno de los ordenadores y quitó de la redondeada esquina de la mesa los papeles de las firmas de los empleados. Hizo un gesto con uno de sus dedos indicándola que fuese; ella se acercó. Mientras juntaban sus labios, él la cogió en volandas a la par que se caía la ropa de él. La tumbó sobre la mesa de las coordinadoras y la penetró despacio. Entraba y salía por completo, introducía sólo la punta, la sacaba y acariciaba con su duro miembro el clítoris. Se introdujo en ella y besándola desabrochó la blusa. Sus manos acariciaban los senos. Poco a poco fue aumentando el ritmo, los gemidos se confundían hasta que los de ella fueron más fuertes. Entonces el paró. Incorporándola mientras salía de la empapada abertura palpitante. Bajándola de la mesa, le dio la vuelta apoyándola sobre la misma. Una de las coordinadoras se había dejado justo lo que él necesitaba. El neceser femenino se hallaba a los pies del ordenador.

Una vez alcanzado, lo abrió buscando el protector labial. Lo sacó untándose bien el dedo, lo volvió a guardar y pasando la vaselina por la entrada trasera, sonrió pícaro.

Fue entrando despacio, con dulzura pero sin parar. Cuando el interior se ajustó al duro miembro, comenzó a agitarse en un bamboleo contínuo, aumentando el ritmo pero sin brusquedad. La respiración se hacía más profunda y jadeante; ella suspiraba mientras buscaba las manos de él. Necesitaba que la penetrase por completo y le acariciase los pechos. Cumplió su deseo cuando el eyaculó en lo más profundo de aquel redondo y jugoso trasero. Se dejó caer levemente unos instantes sobre el cuerpo de ella, mientras recuperaba la respiración. El duro miembro iba recuperando su forma habitual. Él salió de ella y retirándose vio manar su semen del interior; ya bajaba por los muslos. Volvió a coger el neceser, y sacando dos toallitas húmedas ambos se limpiaron.

Recomponiendo sus ropas, miraron el taco de hojas que ensobrar. Sonrieron retomando la tarea pendiente.

La antimateria del conocimiento (la infoxicacion)

Vivimos tiempos convulsos donde la seguridad del conocimiento se ha vuelto líquida, inquietantemente inestable. Miles de datos cruzan nuestros ojos y oídos a lo largo y ancho del día. Cientos de mensajes introducidos de forma subrepticia en nuestros circuitos neuronales. Información que pasa por entre  nuestras manos de manera ingenua y sin tiempo real de contrastarlo.

¿De qué podemos estar seguros entonces? Sin posibilidad de contraste, todo nuestro al rededor se torna moldeable. Y es ahí cuando nuestra propia identidad se diluye poco a poco.

Carecemos de asideros que nos reconforte ante cualquier cuestión. Y lo que es más, nos empiezan a informar de forma capciosa. Con intereses ocultos que no conocemos o que decidimos ignorar. Nos lanzan mensajes, conocimiento, datos; muchos, de forma continua e incluso contradictorios entre sí. Es una manera rápida de desestabilizarnos, tornarnos líquidos, fáciles de moldear. Generando entonces la antimateria del conocimiento. Todo aquello que se crea para no ser modificado sino por quién así lo dispone, pero sí para cambiar el entorno. Esa antimateria del conocimiento voluble nos rodea, invade nuestra existencia y es muy difícil reconocerla del conocimiento real. Es una ardua y continua tarea a realizar, que quizá parte de la población no esté dispuesto, convirtiéndose en aquello que los poseedores de ésta deseen.

Infoxicación es su nombre biológico, y es un mal enraizado en la sociedad de nuestros tiempos. Cuyo fin es vaciarnos de lo real y llenarnos de imaginarios. Recrear lo inexistente para darnos forma. Intoxicarnos simplemente.

SIEMPRE A TU LADO / SIEMPRE CERCA

Ana acababa de volver del colegio con su preciosa mochila llena de libros. Se sentía un poco mala y se acercó a su mamá. Con mucho cariño le tocó la frente y le miró la garganta. La besó con dulzura en la frente y le ayudó a quitarse la mochila. Ana fue a su habitación y se tumbó en la cama. Su mamá vino con el termómetro y se lo puso. Tenía unas décimas de fiebre. “Sólo necesitas descansar un poco. Te voy a traer un vasito de leche calentita con colacao y una sopita” Al cabo de un rato la mamá de Ana volvió a la habitación, traía la sopita y la leche. Poco a poco fue dándole el caldito que le ayudó a sentirse un poco mejor, después se tomó la leche y le dijo: “Mami, me gustaría comer alguna magdalena como las que hacía la abuela” Su mamá fue a la cocina y luego volvió. “Lo siento no queda harina suficiente, cariño, y papá está trabajando, no puede ir a por ello”. Ana sonrió a su mamá y le dijo que no importaba; le dio las gracias y le lanzó un beso. “Descansa mi niña”. Mientras Ana estaba en la cama, su mamá fue a la cocina a preparar la comida. Un rato después la niña comenzó a sentir un dulce olor que llenaba lentamente la habitación. Abrió los ojos y vio un vaso con agua a su lado. Su mamá estaba entrando por la puerta. “Mamá, ¿has hecho magdalenas? “No, cariño” “pues huele como cuando las hacía la abuelita” “Debe de haber bajado del cielo para ayudarme a cuidarte. Y las habrá hecho para darte ánimos y que te pongas buena. Ella siempre estará contigo a tu lado” “¡Qué buena es la abuelita! ¿verdad mami? Ha tenido que viajar desde el cielo, con lo lejos que está” Ana volvió a cerrar los ojos para descansar un poco más. Sobre su frente sintió el cariñoso beso de su madre.

Una hora después, se despertó. Se sentía mucho mejor, tenía hambre y tenía muchas ganas de jugar. Su mamá entró en la habitación. “Gracias por cuidarme tanto mamá, eres muy buena” Se acercó a la ventana y mirando al cielo dijo: “Gracias abuelita, te quiero mucho- Se giró hacia su mamá- ¿Crees que la abuela me escuchará?” “Claro que sí mi vida,y siempre estará ahí para cuidarte, igual que yo”. Ana corrió a la cocina, se comió unas galletas y salió al patio a jugar un poco.